La forense. Marisa Grinstein

... ... ... Qué decir... ... ...

Y ... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...... ... ...

Esta novela tenía todos los elementos para ser una gran novela: una mujer de más de 40, agobiada por pérdidas laborales, inmersa en tareas de cuidado (su padre, su hija, sus pacientes), el mundo de las "mucamas", el de las mujeres con trastornos psiquiátricos, el de la marginalidad, los abusos; se cuela el espiritismo, las adivinas (o algo así) que a priori no me interesan pero en el conjunto podría aportar. Vamos, un combo súper interesante. Más si viene de la autora de Mujeres asesinas, una serie pionera en indagar por qué las mujeres matan.

Pero lo que me sucedió con esta novela es que avanzaba únicamente por las ganas (le puse muchas ganas) de que sucediera algo, de que algún tema cerrara, y  me quedé con muchos temas (que me interesan y que en una novela tienen mucho potencial) a la deriva.

Cuestión de gustos.




Marisa Grinstein. La forense. Sudamericana, 2017

Resumen de la editorial:
Antes de ir a dormir, María se pone su remera gastada que le llega a las rodillas y abre una lata de sardinas y una botella chica de cerveza. A pesar de cargar con unos pocos kilos de más está en forma, pero de la manera en la que puede estar en forma una mujer cercana a los cincuenta: con la piel que cede, el culo que va cayendo, una panza que no se arregla en el gimnasio y unas arrugas que se combinan con los últimos estertores del óvalo de la cara: la mandíbula ya no se marca sino que queda encubierta por mejillas descendentes que insinúan años de decepciones y amargura. Como psicóloga forense, ella decide si un detenido va a parar a la cárcel o al psiquiátrico, si tiene conciencia de sus actos o es inimputable. Pero acaba de ser sancionada con una licencia de un año, prorrogable en función de nuevos tests y análisis, a los que no podrá negarse. "Ya no puedo atender en el consultorio ni hacer peritajes. Y si abro bien los ojos, me doy cuenta de que ya no puedo levantarme un tipo ni tener hijos. Soy casi una abuela, pero sin pantuflas ni nietos ni marido ni jubilación. Soy como era cuando estudiaba en la facultad, pero con treinta años más. Hice miles de cosas, tengo una carrera, una casa y una hija adulta, pero sigo a la deriva." ¿Qué hacer con el tiempo libre, durante el retiro forzoso y angustiante, para aplacar la ansiedad que produce el pensar en la decadencia física, la enfermedad y la soledad? Nada mejor que ocuparse abriendo una agencia de servicio doméstico, y así darles un empleo a sus ex pacientes, mujeres con una educación precaria, que ya trabajan en el rubro o no trabajan en absoluto, o ejercen la prostitución o salen a robar. Ella tiene colegas y compañeros con el poder adquisitivo suficiente para contratarlas. Todo cierra.

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