El amparo. Gustavo Ferreyra


Adolfo es sirviente en una casa muy particular. Su única función: arrodillarse en los almuerzos y las cenas del señor de la casa y recibir en la boca los carozos que ese señor escupe. Y Adolfo está contento. Tiene prestigio ahí adentro, está por encima de los que limpian. Hasta que le avisan que lo van a reemplazar por un enano y lo bajan a limpiar. La novela es eso: lo que pasa en la cabeza de un hombre cuando lo degradan.

Ferreyra la terminó en 1991, la publicó por primera vez en 1994, y todavía en los posfacios de 2015 y 2024 insiste en lo mismo: acá hay humillación por la humillación misma. La escribió mirando el derrumbe del socialismo real. No creo que imaginara lo que iba a pasar en los treinta y pico de años siguientes.

En el prólogo, Elvio Gandolfo avisa que es una novela que se acepta o se rechaza de entrada. Casi la rechazo. Menos mal que no.

No envejeció mal. Pero le falta una capa actual a la de dejar todo por un trabajo, acomodarse, buscar el amparo de una casa o de lo que sea. Esa capa que hoy es la crueldad desnuda, la que se impuso fuerte en los últimos años.

4/5🎗

Gustavo Ferreyra. El amparo. Godot, 2024 (1994)

Sinopsis de la editorial:
El protagonista de El amparo es Alfredo, un mayordomo que tiene un trabajo muy peculiar: agacharse al lado del Señor (es nombrado así en toda la historia, no sabemos nunca su nombre, solo que es el dueño de la mansión), y recibir los carozos de las aceitunas que el Señor escupe. Alfredo está conforme: es bueno en lo que hace y se siente bien en esa casa, a pesar de que el trabajo es humillante. En un momento, Alfredo se entera que va a ser reemplazado. En El amparo está todo el tiempo presente la tensión entre lo que tenemos (Alfredo y su trabajo humillante), lo que queremos (quizás tener un trabajo mejor, aunque Alfredo no lo diga ni lo piense), y lo que podemos (Alfredo en ningún momento se plantea irse: quiere apegarse a lo que tiene y mantenerse en ese lugar).

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